Esa niña de 15 años dejaba demasiados sentimientos por cada lágrima. Aguantaba un blanco pañuelo en la mano derecha, con las iniciales bordadas "S.G", que correspondian al nombre. Ese pañuelo soportaba el peso de todas las lágrimas que desprendía esa pobre niña, que nunca volvería a decir papá.
Se puso su mejor vestido, amarillo pastel. Ese vestido que le regaló su padre para el 14º cumpleaños, un vestido precioso de tirantes con un bordado especial en la campana. Antes de salir de casa, se puso delante del espejo, miró la carta que su padre le habia escrito años antes. Pronunció las palabras "gracias, papá". Con ello, una lágrima. En la estanteria de su habitación tenia una rosa blanca en un vaso de agua, la cogió y la llevó consigo. Cerró las puertas, apagó las luces y cogió la mano temblorosa de su madre, intentándola tranquilizar, pero el intento resultava envano.
Bajaron a la calle, todo el mundo las miraba con cara de pena, a ellas y a su hermano pequeño, ese niño rubio de ojos azules. 3 años. Vestido con corbata de lunares, y traje elegante. Tenian miedo de subir al coche, todabía olía a él. Tenian ese miedo permanente de olvidarlo.
Llegaron allí, ese sitio tétrico donde el silencio reinaba a cada momento. Donde solo habia gente llorando, pañuelos bordados y manos temblando. No podia entrar. Su madre desprendía las lágrimas que llevaba aguantando durante todo el viaje.
Sin embargo, esa niña estaba feliz. Sabia que su padre también le cogia de la mano en ese momento.
El cura hablaba, no callaba. Mencionaba cosas de la vida que ni si quiera eran ciertas. Explicó una historia suya y de su padre, cuando murió. Esa niña intentó tener compasion tambien por él. Pero no podía. El ataúd de su padre le llamaba demasiado la atencion.
Por un momento, en esa situación, intentó pararse a pensar un momento friamente. Su padre no era creyente. Es que ni si quiera creía en Dios. Esa situacion era ridícula, era una tapadera para hacer mas bonito el funeral de su quierido padre. Quiso levantarse e irse de ese lugar donde solo se escuchaba la voz del cura retumbando por toda la iglésia. Pero no pudo. El sentimiento de pena le pesaba demasiado, ni si quiera podia mantenerse sola en pie. Izo un intento, pero no pudo.
El cura acabó todo su discurso con la típica palabra, "amén". Él intentó que todas las personas presentes allí, familiares, amigos, personas que no conocía de nada, le acompañaran a decir esa palabra, pero ése sentimiento de culpa llevó a todo el mundo a callarse, a dejar que el cura dijera solo esa palabra.
Desprendió su mano encima del ataúd, junto a su madre y su hermano pequeño, con los ojos rojos añorando las lágrimas que habian dejado caer. "Te quiero papá", "Te quiero amor". Fueron dos pequeñas frases que impulsaron a todo el mundo a agachar la cabeza para aguantar el llanto.
Una niña se escuchaba gritar desesperadamente en la calle, rodeada de gente queriendola abrazar. Perdía la consciencia constantemente. Solia preguntarse si ese momento realmente exsistía, no podia creerselo. Todabia no habia reaccionado. Era una niña sin padre. Una mujer sin marido. Un niño sin padre. Una familia sin esencia, sin la cosa mas importante.
Suerte que en ese momento despertó de la pesadilla.
El cura hablaba, no callaba. Mencionaba cosas de la vida que ni si quiera eran ciertas. Explicó una historia suya y de su padre, cuando murió. Esa niña intentó tener compasion tambien por él. Pero no podía. El ataúd de su padre le llamaba demasiado la atencion.
Por un momento, en esa situación, intentó pararse a pensar un momento friamente. Su padre no era creyente. Es que ni si quiera creía en Dios. Esa situacion era ridícula, era una tapadera para hacer mas bonito el funeral de su quierido padre. Quiso levantarse e irse de ese lugar donde solo se escuchaba la voz del cura retumbando por toda la iglésia. Pero no pudo. El sentimiento de pena le pesaba demasiado, ni si quiera podia mantenerse sola en pie. Izo un intento, pero no pudo.
El cura acabó todo su discurso con la típica palabra, "amén". Él intentó que todas las personas presentes allí, familiares, amigos, personas que no conocía de nada, le acompañaran a decir esa palabra, pero ése sentimiento de culpa llevó a todo el mundo a callarse, a dejar que el cura dijera solo esa palabra.
Desprendió su mano encima del ataúd, junto a su madre y su hermano pequeño, con los ojos rojos añorando las lágrimas que habian dejado caer. "Te quiero papá", "Te quiero amor". Fueron dos pequeñas frases que impulsaron a todo el mundo a agachar la cabeza para aguantar el llanto.
Una niña se escuchaba gritar desesperadamente en la calle, rodeada de gente queriendola abrazar. Perdía la consciencia constantemente. Solia preguntarse si ese momento realmente exsistía, no podia creerselo. Todabia no habia reaccionado. Era una niña sin padre. Una mujer sin marido. Un niño sin padre. Una familia sin esencia, sin la cosa mas importante.
Suerte que en ese momento despertó de la pesadilla.


